Mi querido Ignacio Gordillo nos ha adelantado en este viaje, dejando un profundo dolor en familiares, amigos y tantas personas que admiramos su labor. Fue nuestra esperanza, sin focos ni protagonismo, durante los años más sangrientos de la banda terrorista ETA. Luchó por la convivencia, la justicia, la verdad y la libertad. Los que hemos sufrido de cerca el terrorismo valoramos cada avance judicial con valentía.
Ignacio representó la firmeza y honestidad ante la ley, afrontando algunos de los desafíos más difíciles de nuestra democracia.
Tuve la suerte de entrevistarle para escribir su libro «Memorias de un Fiscal: 30 Años de Lucha Contra el Terrorismo, la Injusticia y los Delitos Económicos» y era maravilloso el cariño que despertaba allá donde iba. Aprendí mucho de su trayectoria, pero su legado va mucho más allá de aquellas sentencias, comisiones rogatorias o procedimientos judiciales que estudié con máxima admiración. Su buen hacer, coraje y valentía para no dejarse amedrentar ni por los criminales más sanguinarios del país son un ejemplo a seguir. Acompañarle en viajes y conferencias me confirmó que ha de permanecer vivo su recuerdo, especialmente para quienes se dediquen al mundo de la justicia. Aunque muchos pierden la esperanza en ella, por lenta e imperfecta, sigue siendo vital para defender la libertad y la dignidad.
Son muchas las personas que lucharon contra el terrorismo, héroes silenciosos como Ignacio. Recuerdo a su amigo que se fue también demasiado pronto: Eduardo Fungairiño. Ambos combatieron el terrorismo desde los tribunales, defendiendo el Estado de Derecho frente a quienes pretendían imponer su verdad con el miedo. Mantenían una convicción que ojalá siga presente: ninguna causa justifica la violencia y la justicia debe prevalecer sobre el terror.
Queremos honrar la memoria de esos héroes silenciosos que, desde un despacho o una sala de vistas, han dedicado su vida a proteger los derechos y las libertades de todos.
Que descansen en paz. Y que su ejemplo siga inspirando una feliz convivencia.